La espera que no desespera

Aproximadamente un tercio de la población mundial está viviendo una situación inédita y, por qué no decirlo, inaudita que nunca antes se dio, en esta escala, en la Historia.

Millones de personas confinadas en sus casas, con su vida prácticamente parada, sumida en la incertidumbre de qué pasará, cuando volvera la vida «normal». La sensación general es de pérdida. Algunos solo hemos perdido una porción de libertad. Otros, lamentablemente, han perdido un ser querido. Una gran parte está viendo mermada su economía.

No sentimos impotentes, parece que solo queda esperar, ponernos en manos del gobierno y de los profesionales médicos. Pero incluso éstos están en una situación terrible. Los médicos hacen lo que pueden, pero faltan medios y faltan soluciones ante una enfermedad nueva de la que aún no se sabe bien cómo tratar. Y los miembros de los diferentes gobiernos, tan alegremente criticados, deben lidiar cada día con multitud de problemas que no solo abarca la salud pública, sino también la economía de los ciudadanos y del país, la seguridad ciudadana y el conflicto de intereses que supone tomar decisiones que impican inevitablemente favorecer o limitar de forma radical uno u otro aspecto de la compleja sociedad en la que vivimos.

En medio de todo esto, surge lo mejor y lo peor del ser humano. De lo mejor, la abnegada labor que están haciendo los sanitarios, algunos llegados de otros países dispuestos a dejar la seguridad de su propio hogar para echar una mano en los lugares en donde la pandemia se ha cebado con mayor virulencia. De entre lo peor, actitudes egoístas, como los que no se han tomado en serio la cuarentena; otras, autoritarias, como los que creen que deben ejercer de vigilantes improvisados imprecando al vecino que está en la calle sin saber el motivo.

Sin embargo, no somos impotentes. Todo lo contrario. De cada uno de nosotros depende de si de este momento histórico surge una sociedad mejor o una peor. De nosotros, exclusivamente de nosotros depende que nos encerremos en el miedo, el extremo egoísmo y la desconfianza, o en el amor, la empatía y la creatividad.

Así que la propuesta es la siguiente: hagamos algo para sanar esa pequeña mente asustada. La nuestra y la del mundo entero. ¿Es eso posible? Bueno, tenemos, como nunca, mucho tiempo libre, así que podemos ponerlo a la prueba.

Uno de los instrumentos más eficaces para cambiar el estado mental en el que nos encontramos son los mantras. Los mantras son una combinación de sonidos que permiten enfocarse en el aspecto más espacioso y creativo de la mente.

Así que nos podemos apoyar en este instrumento, de hecho «mantra» significa «instrumento de la mente», para sanar la mente estrecha, preocupada, egoísta y miedosa dando paso a la mente espaciosa, empática, amorosa y serena. Y lo mejor de todo, si suficientes personas hacemos esto, el resultado irá más allá de nuestra propia cabeza, como una onda expansiva contagiará a otros. Porque no solo se contagian los virus, también se contagian los estados mentales.

Esta es la propuesta: practicar cada día 108 veces el mantra del Buda de la Medicina.

De entre todos los mantras, probablemente este sea el más adecuado. El Buda de la Medicina representa la figura del Sanador Universal. Que no es que sea un Ser que vive independientemente en algún lugar, separado de nosotros mismos. Es un estado de la Mente que está siempre disponible, al que podemos sintonizar y desde ahí, radiarlo al mundo.

Esta es la transcripción del mantra:

TAYATA OM BEKANZÉ BEKANZÉ MAHA BEKANZÉ BEKANZÉ RANDZA SAMUDGATE SWUAHA

Si ya conoces este tipo de prácticas, escoge la postura y preparación previa que ya sueles hacer. Si no has hecho nunca, te dejo unas indicaciones:

Siéntate cómodamente en una silla, con un cojin que coloque tus caderas por encima de las rodillas. Los piés bien apoyados en el suelo repartiendo el peso entre ambos pies y el trasero. Imagina que un hilo sostiene tu cabeza desde la coronilla. Deja descansar tus manos sobre las rodillas, con la palma hacia arriba y tocando suavemente el pulgar con el índicie, esto favorece la concentración. La espalda mejor si no está apoyada, mantela relajadamente recta. Dedica unos segundos a sentir tu cuerpo ahí bien asentado y relajado.

Una vez hecho esto, empieza a recitar el mantra, sintiendo que vibra desde el centro del pecho y se expande en todas direcciones. Si eres visual, puedes imaginar esta expansión como una luz lapislázuli que radia desde tu pecho y llega al corazón de todos los seres.

Si tienes un rosario o un mala de 100 o 108 cuentas, fenomenal. La idea es hacer al menos cien de estos mantras al día. Si no tienes, hay dos alternativas: puedes decidir un tiempo, aproximadamente se tarda media hora en hacer cien mantras. Puedes poner una alarma que suene a la media hora.

La otra alternativa, es utilizar el audio que ofrezco para la ocasión, que son exactamente 108 veces el mantra y que dura aproximadamente media hora. Podemos hacer el mantra juntos.

Mantra del Buda de la Medicina

Cuanta más veces se haga, como todas las cosas, más efecto tendrá en nosotros y en nuestro entorno. Así, lo ideal es hacer un voto. La fórmula de hacer un voto nos obliga a cumplirlo. Una de las cosas más satisfactorias que hay es cumplir un voto. Cuando uno lo hace, la sensación es de gozoso triunfo. Si eres una persona perezosa, prueba a hacer un voto pequeño, por ejemplo: tres días. Tres días de hacer cien mantras. Si lo cumples, puedes probar a hacer otro voto de, por ejemplo 5 días. Y así. Lo importante es que lo vayas a cumplir, no hagas nunca un voto que temas no cumplir.

Si eres una persona más comprometida, el voto es hacer mínimo 100 mantras diarios hasta que termine el confinamiento. Ese será tu granito de arena para ayudar, para echar una mano, para transformar el miedo y la incertidumbre en amor y confianza. En ti y en el mundo entero.

Si te inspira hacer esta práctica y has decidido hacer el voto, agradeceré que me lo dejes en comentarios. Será una forma de afianzar tu compromiso y de animar a otros a hacer lo mismo.

En mi caso este post inicia mi propio voto, que mantendré hasta el fin del confinamiento. Cuantos más seamos, más potente será el resultado. ¿Funcionará? ¡Pongámoslo a la prueba!

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Ser grande

En el I Ching se menciona al «gran hombre», que se diferencia del «pequeño hombre» en su actitud. Encontramos un paralelismo en Nietzsche, que contrapone al pequeño hombre, que cree saberlo todo, cree haber llegado a la cima de la evolución, con el super hombre, concepto a menudo mal interpretado. El super hombre es un estadio ulterior al hombre que, como dice el filósofo, «es un animal inacabado».

El pequeño hombre es lo que en el Tao llamamos «el ego negativo». Esa personalidad que reduce el mundo a su medida. Cuando nos quejamos de lo que la vida nos da, porque querríamos otra cosa, somos pequeños hombres. Cuando manipulamos a otros con el objetivo de alcanzar nuestros fines egóicos, somos pequeños hombres, pequeñas mujeres. Cuando creemos saberlo todo, cuando juzgamos desde nuestra estrecha perspectiva, cuando no escuchamos, cuando no empatizamos… somo pequeños. Pequeños y miserables.

Ser más grande no es ser más dominante. Ser más grande es ahorrar, además del sufrimiento propio, el ajeno. Acogerlo y comprenderlo más allá de nuestra piel permite despertar la empatía que percibe como justas las decisiones de los demás, esas que aparentan ser conflictivas o perjudiciales.

El maestro Juan Li

Todos, alguna vez, cometemos el error de hacer daño a otros para mitigar nuestro propio dolor. Aunque lo hagamos sin darnos cuenta.

Ser grande no es retener el rencor, por mucho que creamos que la Justicia Divina está de nuestro lado. La más elevada expresión de la justicia es el Perdón.

El cual, no es una aceptación sumisa del hecho. O de lo que «me han hecho».
El verdadero Perdón, es decir, el perdón que resuelve el conflicto y trae paz a todos los implicados es el que se basa en la perfecta comprensión del otro, y nace del amor por uno mismo y por el mundo.

Así, si una conducta fue impropia, se reconoce como tal. Lo que cambia es que, una vez reconocida, se suelta, o dicho de otra manera, se deja de acarrear como una cruz que aplasta nuestra personalidad.

El Perdón es el que transforma el pasado en un recuerdo libre de su carga emocional, de forma que deja de ser una vivencia que se repite cada vez que se evoca. Deja de ser un dolor sepultado en las entrañas del que huímos sin respiro.

El perdón requiere de una gran transformación interior, que hace que nuestra mirada a lo ocurrido sea serena, y la perspectiva hacia el futuro implique hacer lo necesario para que no se repitan más esas situaciones que han causado sufrimiento.

Ser grande es ensanchar el foco de la conciencia y abrazar desde el corazón, todo.


Si quieres profundizar sobre el perdón, o saber como perdonar de verdad, o pedir perdón, puede interesarte los cursos del maestro Juan Li en Gran Canaria, en donde se dan las claves prácticas y el enfoque adecuado para un exitoso perdón hacia otros y hacia uno mismo.

Actualización: Los cursos han sido supendidos por la emergencia del coronavirus.